En el entorno laboral solemos poner el foco en qué decimos: los mensajes, los datos, las decisiones, los resultados. Sin embargo, desde la psicología y la neurociencia social sabemos que hay algo que ocurre antes de que el contenido sea comprendido: el cerebro evalúa si la interacción es segura o amenazante.
Esto significa que, en el trabajo, no solo intercambiamos información. Intercambiamos estados emocionales. Y el lenguaje —las palabras que elegimos, el tono, la forma de preguntar o de dar una indicación— juega un papel clave en el bienestar psicológico de las personas y de los equipos.
El cerebro es social antes que racional
Durante mucho tiempo hemos pensado que en el trabajo predominaba lo racional y que las emociones quedaban al margen. Hoy sabemos que esta idea no se sostiene. El cerebro humano es, ante todo, un órgano social. Está diseñado para conectar, cooperar y detectar señales de pertenencia, aceptación o rechazo.
Cuando el cerebro percibe seguridad, se activan procesos asociados a la colaboración, la creatividad y el aprendizaje. Cuando percibe amenaza, se activa un modo defensivo que reduce la capacidad de escuchar, reflexionar y conectar con los demás.
La amígdala también está presente en las conversaciones cotidianas
En las interacciones laborales no hay peligros físicos, pero sí pueden existir amenazas sociales. El cerebro no las distingue con claridad. Un comentario despectivo, un tono irónico, una pregunta formulada desde el juicio o la falta de reconocimiento pueden ser interpretados como señales de riesgo.
Cuando esto ocurre, el sistema emocional entra en alerta y aparecen reacciones muy concretas:
- aumenta la tensión corporal
- se reduce la capacidad de escucha
- aparece la defensividad
- el foco se desplaza de la tarea a la autoprotección
Todo esto puede suceder en una conversación aparentemente “normal”, incluso cuando no existe una mala intención consciente.
No es lo que dices, es cómo se siente
Desde fuera, dos mensajes pueden parecer idénticos. Desde dentro, el cerebro los vive de forma muy distinta.
No es lo mismo decir: “Tenemos que hablar” que decir: “Cuando tengas un momento, me gustaría comentar algo contigo”. El contenido puede ser similar, pero el impacto emocional no lo es. El cerebro reacciona al tono, al contexto y a la intención percibida, no solo a las palabras.
La psicología organizacional ha demostrado que las emociones se contagian en los equipos y que la forma de comunicarnos influye directamente en el clima emocional del trabajo. Barsade y O’Neill (2023) muestran cómo el tono emocional de las interacciones diarias afecta al bienestar, al compromiso y a la calidad de las relaciones laborales.
Por eso, una comunicación poco cuidada puede generar estrés innecesario, incluso cuando el mensaje es correcto o la intención es buena.
Lenguaje que regula y lenguaje que activa la alerta
Algunas formas de comunicarnos favorecen la regulación emocional y la sensación de seguridad:
- un tono calmado y respetuoso
- mensajes claros y directos
- preguntas abiertas que invitan a reflexionar
- reconocimiento explícito del esfuerzo
Otras, sin darnos cuenta, activan el sistema de amenaza:
- la ambigüedad constante
- la ironía o el sarcasmo
- las preguntas que suenan a examen
- la falta de validación emocional
El problema no es un comentario aislado, sino el efecto acumulativo de estas interacciones a lo largo del tiempo.
Bienestar emocional en las conversaciones diarias
Cuando hablamos de bienestar en las organizaciones, solemos pensar en programas, beneficios o políticas internas. Todo eso es importante, pero la evidencia científica es clara: el bienestar emocional también se construye —o se deteriora— en cada conversación cotidiana.
Un estudio reciente muestra que la calidad de la comunicación en el trabajo está directamente relacionada con la salud mental, el nivel de estrés y el riesgo de burnout (Lee et al., 2024). No se trata solo de grandes conflictos, sino de cómo nos hablamos día a día.
Empezar por lo más cercano
Cuidar el lenguaje no significa medir cada palabra ni caminar con miedo a equivocarnos. Significa comunicar con intención y presencia. Implica preguntarnos:
- ¿Qué puede estar escuchando el cerebro del otro?
- ¿Estoy generando seguridad o tensión?
- ¿Esta forma de hablar facilita la conexión o la bloquea?
En Yees! creemos que pequeños cambios en la forma de comunicarnos pueden tener un impacto profundo en el bienestar individual y colectivo. Porque, al final, el cerebro escucha antes que el contenido… y eso marca toda la diferencia.
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¿Cuidamos y nos cuidamos usando el lenguaje como un apoyo seguro y no como un agresor?
