¿Cuáles son tus propósitos laborales para este año? Enero suele venir acompañado de una presión silenciosa: empezar con fuerza. Nuevos objetivos, nuevas métricas, nuevas expectativas. Todo parece indicar que este es el momento de demostrar compromiso, ambición y energía.
Pero ¿Qué ocurre cuando ese impulso inicial se convierte en autoexigencia constante?
En Yees! lo vemos con frecuencia: equipos motivados que, pocas semanas después, empiezan a mostrar señales de cansancio emocional. No porque falte talento o compromiso, sino porque los objetivos no siempre están alineados con el bienestar real de las personas.
Cuando los objetivos se convierten en una fuente de estrés
Plantear objetivos es necesario, pero hacerlo desde una lógica exclusivamente productiva puede generar efectos no deseados:
- Sensación de no llegar nunca a todo
- Miedo a fallar desde el inicio del año
- Comparaciones constantes entre compañeros
- Desmotivación temprana
En enero, muchas personas aún están recuperando energía tras el cierre del año anterior. Exigir rendimiento máximo desde el primer día puede provocar justo lo contrario de lo que se busca.
Ambición sana vs. autoexigencia tóxica
Un propósito profesional saludable debería:
- Tener en cuenta el contexto real del equipo
- Ser flexible y revisable
- No basarse únicamente en resultados, sino también en procesos
- Permitir el aprendizaje y el error
- Agradece la ayuda de los demás
La autoexigencia tóxica aparece cuando el objetivo se vive como una amenaza y no como una guía. Cuando el “tengo que” sustituye al “quiero avanzar”..
El papel de la empresa en la definición de objetivos
Las organizaciones tienen una gran responsabilidad en cómo se vive el inicio del año. No basta con marcar metas; es clave cómo se comunican y acompañan.
Algunas buenas prácticas:
- Abrir espacios de conversación sobre expectativas y cargas reales
- Normalizar que enero es un mes de ajuste, no de sprint
- Formar a líderes en gestión emocional de objetivos
- Valorar el progreso, no solo el resultado final
Empezar el año sin quemarse
Fijar objetivos realistas no significa bajar el nivel, sino hacerlo sostenible. Cuando las personas sienten que sus metas son alcanzables y humanas, el compromiso aumenta y el bienestar también.
Otro aspecto clave a tener en cuenta es el ritmo. No todos los años ni todos los momentos vitales permiten el mismo nivel de exigencia. Pretender empezar enero al máximo, sin un periodo de ajuste, ignora cómo funciona realmente la energía emocional y cognitiva de las personas. Dar permiso para un arranque progresivo no reduce la ambición; al contrario, permite construir un rendimiento más estable y sostenible a lo largo del tiempo.
Además, es importante revisar cómo medimos el éxito. Cuando los objetivos solo se evalúan en términos de resultados finales, se invisibiliza el esfuerzo, el aprendizaje y la complejidad del trabajo diario. Incorporar indicadores de proceso —cómo se ha trabajado, qué se ha aprendido, cómo se ha cuidado al equipo— ayuda a reducir la presión constante y refuerza una cultura donde avanzar también cuenta, no solo llegar.
Los propósitos profesionales funcionan mejor cuando se viven como un acuerdo compartido y no como una carga individual. Abrir conversaciones honestas sobre expectativas, límites y prioridades permite ajustar los objetivos a la realidad de cada equipo. Cuando las personas sienten que sus circunstancias y su bienestar importan, el compromiso deja de venir del miedo a fallar y pasa a sostenerse en la confianza y el sentido.
Igualmente puede resultar útil estar al tanto de las noticias de la empresa en Linkedin para saber cómo y dónde aportar más valor.
Conclusión: Fijar propósitos es un ejercicio de conciencia
Fijar propósitos laborales no debería ser un ejercicio de presión, sino de conciencia. Desde el cuidado de la salud mental, es clave que los objetivos tengan en cuenta no solo lo que queremos lograr, sino cómo nos sentimos al perseguirlo. Propósitos demasiado exigentes, rígidos o desconectados de la realidad emocional de los equipos acaban generando ansiedad, culpa y desgaste. En cambio, cuando los objetivos se plantean como una guía flexible —que permite ajustar, aprender y equivocarse— se convierten en una fuente de motivación sostenible y no en una amenaza constante.
Cuidar el bienestar emocional al definir metas implica también revisar el ritmo, el lenguaje y la forma de acompañar. Dar permiso para empezar el año de manera progresiva, valorar el proceso además del resultado y abrir conversaciones honestas sobre límites y expectativas reduce la autoexigencia y refuerza el compromiso real. Porque los propósitos laborales funcionan mejor cuando nacen del sentido y la confianza, y no del miedo a fallar. Y porque, cuando las personas sienten que su bienestar importa, los objetivos dejan de pesar… y empiezan a impulsar.
¿Estamos definiendo objetivos que exigen más a las personas… o que también las cuidan para poder sostener los resultados en el tiempo?
